Tríptico

I

Caminar es aventurar nuevos pasos al compás del viento que me abraza, mientras los árboles resisten agradecidos el soplido que acaricia sus hojas y lanza al vuelo sus semillas. Desde lo alto los pájaros cantan y, aceptando su invitación,  reduzco la velocidad.

Pasadas cuatro o cinco horas bajaré pero por ahora me introduzco en los aromas y los tonos que cautivan. El pasto que se aleja, la tierra que es diversa y los verdes multiplicándose se entrelazan con amarillos, rojos y cafés. Morral ceñido, piernas firmes y a subir.

El ritmo lo condicionan las cientos de especies que cohabitan el lugar porque contemplarlas es como mirar un cielo estrellado: me detengo y, uno tras otro, cada vez más descubrimientos brillan a mi alrededor. Florecimiento, hidratación y avanzar.

Las montañas se suceden, se juntan y saludan; extienden gentiles su saber. Yo las recorro con ilusión pues con cada retorno conversamos más. Deambulando por sus laderas me entrevero con sus matorrales hasta que me detengo un instante por placer. Otear el paisaje, sudor y una naranja saborear.

Avanzar a través de las trochas resulta encantador y extrañamente la majestuosa naturaleza comparte el protagonismo con la introspección. A la par del alimento para la vida, mordiscos para el cuerpo y la tranquilidad de las lagunas que ya muy cerca están.

Aunque a veces lluviosa, hoy la última laguna invita a almorzar. Bordearla, agradeciéndole el goce, es la antesala del almuerzo que aguarda en el morral. Una foto, mecato y apreciar.

De regreso, en busca del mirador que siempre aguarda, sigo caminando por el sendero angosto hasta que la empinada cuesta me hace resoplar, pero como quiero seguir hasta alcanzar la cima: un sorbo, “¡ánimo!” y la inmensidad.

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“…y la tranquilidad de las lagunas que ya muy cerca están.” Foto: Carlos Rodríguez del Toro

II

Caminar también es callejear inmerso en el vertiginoso ritmo de la ciudad. Las historias, en forma de rostros y ventanas, pululan como libros por leer. Recuerdos, esperanzas y el afán.

Cruzo la acera mientras veo caras de oficina con aires de rutina. Sólo unos minutos para que sean las ocho, el comercio amanece, las clases saludan y la premura por llegar. No es tristeza, es el gris de la ciudad. Manos en los bolsillos, planes en la mente y no poderse detener.

Cercano al mediodía el centro es un bullicio multicolor. Todas las edades se trenzan sumándose a la algarabía, por cada puerta que paso emanan los aromas de los platos humeantes. Charlas, distensiones y escoger.

Entre museos y ventas callejeras sorteo el andar de más caminantes. Voy obviando los motores, disfrutando de los techos y sus formas, de las paredes y sus matices; miro hacia los lados mientras sigo mi destino. Buses, edificios e instrucciones que Cortázar ya escribió.

Semblantes disímiles vislumbro en la nueva multitud. Al trasegar por el barrio veo estudiantes que entrelazan sus manos y sus sueños, empleos no deseados que mañana volverán y coches de bebés que, a su tiempo, también caminarán. Automóviles, bicicletas y lugares por los que no anduve.

Atrás van quedando los andenes imperfectos, los rostros cotidianos de nombres que no sé y el protagonismo del andar transformándose en cenar. Un alto en el camino, las anécdotas cual ingredientes y ¿por qué no cocinar?

 

III

Cocinar es reconocer el espacio mientras imagino lo que puede resultar. Por ejemplo: alguna pasta deliciosa, maridada con buen vino y canciones para disfrutar.

La fortuna del agua potable lavando tomates, ¡muchos tomates!, ajos, cebollas y pimentones antecede a la tabla y el cuchillo. Un sorbo, canto y a picar.

Gracias a los centímetros de altura que le hacen falta al mesón de la cocina, de vez en cuando me detengo para estirar la espalda y observar, más allá del ventanal, los cerros orientales de Bogotá. Un beso, una sonrisa, baile y proseguir.

Calentar un trasto para el guiso e ir esperando al compás de una entrada cual manjar: aceitunas, quesos y los postreros rayos del sol que ya se quieren despedir. Más volumen, brindis y al sartén.

Así se me antoja la vida, como un baile que involucra el cuerpo entero, como un plato que deleita todos mis sentidos; como aprendizajes e ingredientes que dialogan siempre cual placer profundo. Y como cada día trae un sabor particular, este jueves me supo a pasta al dente, a Cortázar y a Vieja Trova Santiaguera. Un brindis por La Autopista del Sur. Parmesano, El Final no Llegará y a probar.

Un momento eterno para saborear risas, preocupaciones y curiosidad; para compartir historias salpimentadas y versiones noticiosas: medio ambiente, deportes, política y mejor cambiar de tema. Opiniones sobre el plato, el último bocado y “¿quién quiere repetir?”

Luna llena, corazón contento. Un chocolate de sobremesa, la silla unos cuantos centímetros hacia atrás, las piernas hacia adelante y los relatos que serpentean buscando reposar.

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“…y observar, más allá del ventanal, los cerros orientales de Bogotá.” Foto: Carlos Rodríguez del Toro

 

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