Viejos sentires

 

A Julia Teresa que ya se fue y a Margot que se quiere ir

Yo cargo el recuerdo de mi abuela materna abanicándose en el patio interior de su casa en Valledupar, con su media docena de retoños y sollozo callado imaginando a su esposo, el gran señor, derritiéndose porque su accidentada hija de tres años -mi madre- le habló de nuevo tras seis meses de lenta recuperación. Cargo también la imagen de un niño que camina a las cuatro de la mañana junto a su madre -mi abuela- para acompañarla al paradero del bus en Tunjuelito, al sur de Bogotá, un niño que la espera con ilusión y al que ella le pagó con amor profundo hasta el último de sus suspiros. Y me aferro a ambos cuadros porque además de ser mis raíces, me han enseñado sobre el cariño y la solidaridad; sobre la ternura y el amor que la vida me ha regalado. De eso, de sentimientos y de arrugas se compone el viaje de hoy.

Impávida, la vejez nos espera sentada sabiendo que corremos por la vida tratando de llegar a una cita que no todos cumpliremos, para entonces caminar sin prisa, cuando nuestro reloj parece dar las últimas campanadas. Porque al arribar allí el historial -de aventuras, desventuras, alegrías, tristezas, amores, desamores, partidas y llegadas- es inmenso y hace trasegar de la avidez por devorar el mundo al anhelo de contarlo cariñosamente en forma de remembranzas que logran trasladarnos a tiempos y sabores que se fueron mientras lágrimas silenciosas recorren mejillas arrugadas y tersas por igual.

En nuestro afán de organización social, cada vez más vertiginosa, especializada y cuadriculada, muchas personas viejas son paulatinamente segregadas y arrinconadas hasta un abismo llamado ancianato u olvido, donde caen en el aburrimiento de más personas queriendo contar historias propias, debilitándose hasta la depresión. Más nos aportaría como sociedad escuchar a esas personas y propiciar conjuntamente espacios de confluencia que nos permitan a todos los grupos etarios seguir interactuando, simplemente porque desde que nacemos necesitamos y queremos hacerlo. Desde luego, no podemos olvidar que el contexto puede incentivar o desestimular la participación social ni debemos olvidar que dicha participación está supeditada a características particulares de cada momento vital.

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En su ocaso, también brilla la vida. Lima, Perú. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro.

Si durante la niñez, el placer de jugar o el de oír historias fantásticas, transportándose con la imaginación y el relato a lugares colmados de aventuras, personajes sorprendentes y agraciadas ocurrencias son alegres fuentes de aprendizajes, durante la vejez, el placer puede ir ligado al protagonismo en dichas historias, al brillo de los ojos de quien escucha, a la sensación de trasegar por la vida a ritmos semejantes, sin afán y con el disfrute pleno de los detalles que acompañan cada momento. Si para ambas partes saberse partícipes es importante y feliz, entonces, juntar aquel público jubiloso con estos seres curtidos por las décadas de vida los conducirá a ellos a construir emociones, recuerdos, saberes y oportunidades de manera conjunta. Y a todos los demás nos llevará a admirarlos, a antojarnos y a querer aprender de tan solidarias relaciones.

Y para poder interactuar constructivamente resulta imperativo escuchar, apoyar y fortalecer las opiniones, deseos e ideas de viejas y viejos (así como de niñas y niños), en vez de querer decidir desde afuera qué es lo que quieren y cómo lo quieren, como si alguien pudiera saber más o mejor de uno que uno mismo. Es decir que, como sociedad debemos seguir fortaleciendo las herramientas sociales y jurídicas que garanticen cada vez mejores condiciones de vida durante la vejez, entendida como una población minoritaria en términos políticos, cuya circunstancia no debe ser óbice para continuar respetando e insentivando la autodeterminación de estos y de todos los seres humanos.

Por eso creo que el tema es más amplio, su trasfondo es la manera en que concebimos la vida y la sociedad y la forma en que queremos que se articulen nuestras vidas, sueños e ilusiones con las de los demás. En concordancia con esto es preferible pensar, decir y actuar con la intención de poner en relación nuestros quereres con los de los demás en lugar de presenciar monólogos propios y ajenos que obvien la vitalidad de dichas relaciones en la construcción social, en la cotidianidad, en nuestros deleites.

Los dejo con sus pensamientos, con sus ‘vejeces’ y ‘niñeces’ mientras me voy caminando de la mano del niño madrugador y de la niña -tantos años silenciosa, porque son parte de las historias que quisiera contar en unos años a pequeños que me escuchen, me pregunten y se asombren antes de invitarme, exaltados, a correr por el jardín para aprender y reaprender de la vida, del amor y de la solidaridad.

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