Manos que alimentan

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Puesto de quesadillas largas. Morelia, México. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

¿Se han preguntado alguna vez por el origen de la comida que ingieren? ¿Les gusta el pescado? ¿Su preferido es de mar o de río? ¿Frutas o verduras? ¿Las dos o ninguna? ¿Han tenido la fortuna de ver un cultivo, un árbol, una mata de la fruta preferida de su infancia? Yo recuerdo haber puesto una arveja sobre un algodón humedecido constantemente por el agua contenida en el recipiente que lo sostenía. La emoción de ver los cambios diarios me aseguró guardar eso del pequeño lado de los recuerdos y que no se desvaneciera en la inmensidad infinita de los olvidos. Tal vez ustedes hicieron algo semejante con un fríjol. Haya sido uno u otro grano, lo invariable era experimentar esto en la clase de Ciencias (esto es ciencias naturales no ciencia sociales o humanas) y aprender allí, bajo el halo maravilloso de la contemplación y la comprobación, sobre las funciones de cada parte de la planta que crecía. Por el contrario, no recuerdo haber hablado en aquel tiempo sobre esas plantas en torno a la alimentación cotidiana. También me acuerdo del concepto de dieta balanceada, un término elegante siempre basado en algún estudio irrefutable -hasta pasado mañana- sobre la manera correcta de alimentarnos; pero no recuerdo de esa época un ejercicio analítico ni vivencial con los campesinos que cultivan esos alimentos.

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Campesinos cosechando. Aquitania, Colombia. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

A un citadino como yo, el ejercicio le resulta no solo cautivador sino revelador en cuanto a los procesos necesarios para obtener los alimentos y en cuanto a sus protagonistas. He aquí el asunto: lo que comemos no proviene del supermercado, su origen es más profundo y variado. Y sus implicaciones también. Por eso, forjar comunidades que tengan qué comer (seguridad alimentaria), que puedan producir sus propios alimentos (autonomía alimentaria) y que, finalmente, logren decidir cuáles alimentos cultivan y consumen (soberanía alimentaria) es un camino colectivo que, al contribuir a nuestra supervivencia, puede permitir un mejor entendimiento de los procesos económicos, sociales y políticos que entretejemos al comer. En aras de lograr ese objetivo se pueden hacer cosas para todos los gustos, ¡así es la comida! Leer el empaque del producto, su información nutricional y su lugar de origen, ¿lo conocen? Si no es así ¿cómo se lo imaginan? En cualquier caso, ¿cómo serán las manos de quien cultivó, cosechó o produjo lo que ahora reposa en nuestras manos? ¿Cómo olerían antes los alimentos que ahora humean frente a mí?

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El trabajo conjunto de muchas manos logró este delicioso plato de comida. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

Cierro los ojos y los estimulantes olores me llevan a otros tiempos, amigos, recuerdos, a abuelas que se fueron, a bellísimas montañas y sabanas cubiertas con pequeños terruños cultivados (parcelas, conucos, chagras o como quieran llamarlos) de familias soberanas y solidarias. En fin, campos maravillosos, ¿a qué huelen sus platos?

Abro los ojos y temo que algunas cosas no sean así. Las remembranzas son tesoros, sin lugar a dudas, pero la realidad de la producción industrial que homogeniza grandes extensiones de terreno y estructuras económicas y sociales está destruyendo ecosistemas y sociedades por igual. Los monocultivos lastiman los ecosistemas de manera semejante a como sucedería con nuestro cuerpo si comiéramos un mismo alimento siempre. Habría que comenzar por sembrar no sólo más fríjoles o más árboles sino, también, por sembrar más solidaridad, esa que sólo crece al interior de cada persona y cuyo fruto será un par de manos más, capaces de cosechar, compartir y dar cariño.

2 comentarios

  1. Interesante!

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  2. Andrés · febrero 19, 2016

    Momento importante para la preservación de los cultivos y las manos que los labran. Sin ellas no hay alimento.

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