Diez Mil (II) o Historias Entreveradas de Viajes Fascinantes

Octubre Otra Vez

El cumpleaños de mi madre primero, las conmemoraciones del 12 y los olvidos del 13 después. El domingo 16 -el año es 1994-, el sol poniente nos acompaña de regreso a casa. Llegamos y a solo dos calles ha quedado mi tía y su ponqué, su fiesta y la semana. Al día siguiente, con el pasar de las horas, las casas, las oficinas, los restaurantes y sus rumores se van llenando de asombro por una noticia que cautiva a pesar de las innumerables ocasiones en que se han robado este país: se llevaron veintitrés mil millones de pesos del edificio del Banco de la República en Valledupar -ustedes sabrán entender que los otros seis mil millones no cupieron en el camión-.

Varios meses de planeación, conformando el grupo, enamorándolo de la idea e imaginando la repartición del botín –como en campaña política, digamos- se concretaron con una larga jornada de 21 horas. Ahora, con la bóveda casi vacía, eran otros quienes debían correr para minimizar el impacto de tantos billetes mal habidos circulando por ahí. Al final la decisión del Emisor fue imprimir nuevos billetes para reemplazar los de $2.000, $5.000 y $10.000. ¡Sí, el de la indígena embera!

14 de Noviembre 

1817. Fue fusilada Policarpa Salavarrieta Ríos, acusada por las tropas realistas de Pablo Morillo -es decir, quienes estaban tratando de regresar estas tierras al dominio de la corona española- de estar al servicio del ejército de Simón Bolivar. Pero más allá del día exacto de su muerte, los datos sobre Salavarrieta (¿Polonia, Policarpa, Pola?) son aproximaciones no siempre comprobables. Posiblemente nació en enero de 1795 en Guaduas, a 124 kilómetros de Bogotá y, aceptando esta hipótesis, el Banco de la República la escogió en 1995 como figura central del nuevo billete de $10.000, honrando los 200 años de su nacimiento.

Ya en ocasiones anteriores había sido exaltada su figura. En 1910, para la celebración del centenario de la independencia, habían transcurrido en Colombia 24 de los 44 interminables años de la Hegemonía Conservadora (1886-1930) y el gobierno encontró en la Pola una imagen de mujer abnegada (¿al servicio de las causas viriles?) que ayudaría a posicionar la importancia de la mujer en el sostenimiento de la República. Y ese mismo año, el empeño gubernamental -aún hoy latente- de acabar el consumo de chicha, entre otras cosas en favor del creciente negocio cervecero, abonó el terreno para que la Bavaria Kopp’s Deutsche Bierbrauerei, fundada en 1890, lanzara una cerveza llamada La Pola. Por eso seguramente usted ha sido invitado o ha invitado a alguien más a tomarse unas “polas”.

1928. Nació mi abuela, cuando los problemas sociales continuaban a flor de piel y allá en Ciénaga, Magdalena, su tierra, acababa de empezar una gran huelga en la que miles de trabajadores exigían mejores condiciones laborales. Una historia de atropellos sin fin a cargo de la United Fruit Company -con la aquiescencia y los fusiles del Estado- que desencadenó en el asesinato de cientos de manifestantes entre el 5 y el 6 de diciembre de ese año. Un sino trágico de nuestra historia recordado como La Masacre de Las Bananeras. Al año siguiente, desde el 3 hasta el 6 de septiembre, el entonces congresista Jorge Eliécer Gaitán llevó a cabo un debate en el cual demostró la autoría del ejército colombiano, la corrupción estatal y la explotación laboral de la empresa norteamericana. Un insumo más para que en 1930 los conservadores, debilitados y divididos, perdieran la Presidencia de la República que en cabeza de Enrique Olaya Herrera dio inicio al periodo conocido como la República Liberal (1930-1946). Viaje pendiente para otra jornada.

Ciénaga

Ciénaga de Edward Walhouse Mark, 1843. http://banrepcultural.org/coleccion-de-arte-banco-de-la-republica/artista/edward-walhouse-mark

1967. En el año del sesquicentenario de la muerte de la Pola el Congreso de la República, mediante la Ley 44, hizo parte de la conmemoración de la muerte de Policarpa Salavarrieta estableciendo el 14 de noviembre como el “Día de la Mujer Colombiana”. Francamente yo no tenía la menor idea de la existencia de esta conmemoración pero, una vez más, un billete ha servido como punto de partida de un camino que se entrevera con acontecimientos y recuerdos. Eran los años de Frente Nacional y el presidente era Carlos Lleras Restrepo, el del billete de $100.000. Más viajes e historias por contar.

2017. Hoy (cuando sea 14 de noviembre, quiero decir), al cumplirse 200 años de aquella muerte, probablemente usted esté leyendo u oyendo alguna noticia, homenaje o dato histórico relacionado con Policarpa Salavarrieta que tal vez despierte cierta curiosidad, algún instinto que valga la pena seguir, cual niños embebidos por el asombro y la felicidad de descubrir e inventar cosas nuevas. Comida, geografía, técnicas pictóricas, lo que sea. ¿Por favor me cuenta?

Un Rostro Incierto

Tal como ocurre con el nombre y con su lugar y fecha de nacimiento, su imagen tampoco se conoce con exactitud. Pero ponerle cara a la lucha, al sacrificio y a la esperanza de un país atribulado resultaba necesario. El rostro que aparece en el billete fue tomado del retrato hecho en 1855 por José María Espinosa. Hasta ese momento sólo existía una pintura, anónima por lo demás, llamada Policarpa Salavarrieta Marcha al Suplicio, es el primer cuadro que la retrata y data de 1825, es decir fue pintado ocho años después de su muerte.

Además de este cuadro, una breve descripción literaria de la época (de José María Caballero) y un relato concordante (de Andrea Ricaurte de Lozano quien conoció a la Pola), una obra teatral de 1820 (La Pola. Tragedia en Cinco Actos de José María Domínguez), una acuarela de 1846 (Muchacha Guadera en Traje de Domingo de Edward Walhouse Mark) y hasta las memorias del Presidente de la República en 1851 (José Hilario López) influyeron en el retrato de José María Espinosa.

La importancia de la obra de este pintor incluye varios retratos de Simón Bolivar y de otras personalidades del periodo independentista, además de haber pintado una serie dedicada a batallas de las cuales hizo parte como soldado en su juventud, dejando un legado visual que también está compuesto por retratos, caricaturas y paisajes que le aseguraron un lugar protagónico en la pintura del Siglo XIX en Colombia.

La Libertad y los Viajes Fascinantes

En el reverso del billete está el logo del Banco de la República con su delicada inscripción Libertad, que se camufla -sutil- en el peinado de la efigie. El resto es un fragmento de la acuarela sobre papel llamada Village of Guaduas (1843) o simplemente Guaduas de Edward Walhouse Mark, cónsul británico que a lo largo de su estancia en Colombia (1843 – 1857) dibujó paisajes, costumbres e incluso algo de flora y fauna del territorio nacional. Como otros extranjeros disfrutó sus viajes a través del país que, sin ánimo de comparar la calidad de los trabajos, me hace recordar la Comisión Corográfica; un viaje sobre otros viajes y otros caminos pero quizás zarpando del mismo puerto: los dibujos costumbristas, unos de nuestros ojos al pasado.

Guaduas

Guaduas de Edward Walhouse Mark, 1846. http://banrepcultural.org/coleccion-de-arte-banco-de-la-republica/artista/edward-walhouse-mark

Este viaje concluye con la satisfacción que la curiosidad produce, con relatos personales y episodios históricos entrelazados tal cual como ocurre con sucesos cotidianos que cada día pasan voz a voz, de mano en mano, en forma de billetes. Historias que de forma simultánea forman y conforman sociedades, historias de caminos que se cruzan o se ignoran mientras abren paso a billetes que no han sido y a relatos que serán. Historias entreveradas de viajes fascinantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diez mil. Un Punto de Partida.

Cierro los ojos y lo veo. Más allá de la solemnidad de los modelos de papel moneda diseñados y durante décadas repetidos por la Thomas de la Rue y la American Bank Note Company; ajeno al ensalzamiento caudillista (Por ejemplo de Bolívar, Santander, Nariño o Galán el Comunero) y al mito fundacional republicano, veo -decía- un rectángulo colorido resplandeciente: el primer billete de $10.000 (Diez mil pesos colombianos). 12 de Octubre de 1992 es la fecha de la primera de sus tres emisiones, precisamente a quinientos años de aquella madrugada en la cual Cristóbal Colón y su gente pisaron Guanahaní, bautizándola -ceremonia de otro mundo- San Salvador, una de las islas que hoy hacen parte de las Bahamas.

Antes de continuar debo decir que aquella costumbre olvidada de hacer coincidir celebraciones y conmemoraciones con emisiones monetarias me trae a la memoria, por ejemplo, el billete de $1 emitido el 6 de agosto de 1936, cuyo reverso muestra “La Fundación de Santa Fe” que aquel día cumplía 400 años de ocurrida, pero quizás podríamos seguir charlando de esto en otro momento.

Volviendo al “Encuentro de Dos Mundos” que inspiró a varios artistas nacionales y arrojó como ganador el diseño de la bogotana Liliana Ponce de León, resulta innegable la belleza de las aves, el encanto del mapamundi, las naos y la frase extraída del diario de Colón, ¡la majestuosa mujer embera! Pero vayamos más despacio que así las charlas saben mejor.

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“Resulta innegable la belleza de las aves…”. Imagen tomada de http://www.billetesdelmundo.org

Índices y pulgares bastan para sostener el papel. Ojos atentos y curiosidad es todo lo necesario para sumergirse en sus detalles, para navegar a través de historias reales, inventadas y reinventadas, sueños que ya duermen vistos bajo la lupa de nuestros propios sueños, de nuestra propia historia que también es la historia narrada en el billete. Narración que se transforma y nos transforma en un círculo de relaciones incesante, como incesante el devenir de la América que nos cobija mientras dialoga con la Europa y el África que nos han enriquecido.

No obstante, si alguien se preguntara por el resto del Nuevo Mundo yo sólo podría decir, un poco avergonzado, que para mí son diálogos pendientes.

Ahora, he regresado sosteniéndolo en mis manos, tuve que ir a buscar a nuestro protagonista para sostenerlo entre mis dedos porque volver a contemplarlo es un placer, es como ver de nuevo una buena película. Por ejemplo, ver a Marion Cotillard y a Rusell Crowe en Un Buen Año que, oscilando entre la rigidez bursátil londinense y el desparpajo vinícola provenzal, lograron una graciosa historia cuya sobriedad permite descubrir cada vez algún nuevo detalle en los diálogos, en su fotografía o en el ‘tal vez’ que aseguran el goce de lo allí narrado hasta la próxima vendimia.

Este trasegar incesante, próximo a cumplir 525 años, ha dejado algunos testigos -que surcan los cielos contando y cantando dolores y alegrías- plasmados tan juntos como para imaginar un coro, literalmente, encantador. De las quince aves, la hermosura de la corocora roja y del toche norteño, la imponencia del cóndor de los Andes o la vistosidad de las guacamayas, solo por nombrar algunas. Admirable la microimpresión de sus nombres y absolutamente feliz saberlas en su hábitat. Ellas que, como nosotros, no emanaron de la nada dan cuenta de un entorno con más animales, muchas plantas e infinidad de relaciones acaecidas incesantemente. Una vida multicolor como multicolor este billete y sus historias.

Pero para volar había que navegar. Y ahí aparece la Santa María, la nao de Colón, en una esquina hasta donde llegan los soplidos del viento norte o Septentrión personificado, tal como se acostumbraba a dibujarlo en 1507 cuando Waldseemüller dirigió la realización del mapamundi (cuyo detalle se halla aquí incluido); vientos que no fueron los únicos que debió sortear porque -aunque no siempre resulte suficiente- Colón impulsó su inverosímil travesía con una convicción profunda, esa que se deposita con fe en un gran objetivo, esa misma que suele llevar a alcanzar otro, inesperado por lo demás.

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“El bellísimo trabajo dirigido por Waldseemüller…”: Universalis Cosmographia secundum Ptholomaei traditionem et America Vespucii alioru[m]que lustrationes. Imagen tomada de https://www.loc.gov/resource/g3200.ct000725C/

Valga decir que el bellísimo trabajo dirigido por Waldseemüller muestra por vez primera una nueva tierra, entendida como la cuarta parte del mundo (sumada a Europa, Asia y África) y que también por vez primera es llamada América. De este trabajo conformado por doce piezas talladas se reprodujeron mil copias y todas salvo una desaparecieron. ¡La afortunada excepción estuvo olvidada por cerca de 350 años! Hoy en día está en la biblioteca del congreso de Estados Unidos.

Volviendo al reverso del billete, observando en la esquina inferior derecha la Santa María basta subir unos milímetros la mirada para encontrarse con la firma de Colón que, dada su ascendencia hebrea, se ha prestado para conjeturas acerca del significado y de su religiosidad. Yo no sé si era converso o ‘marrano’ (como llamaban a quienes profesaban el cristianismo en público pero en privado seguían practicando su antigua religión), no sé si era masón o iluminati (ni siquiera sé qué es eso) pero entiendo que murió convencido de haber logrado una gran proeza y que aún ignorando sus alcances le estampó su rúbrica.

Anverso

“Esta ataviada mujer embera me invita a aprender…”. Imagen tomada de http://www.billetesdelmundo.org

Media vuelta para seguir aventurando. En el centro del anverso se encuentra un detalle de una xilografía de 1493 (cuyo autor desconozco): allí se ven dos de las tres naves que aquí arribaron. La imagen completa se halla en la versión italiana y en verso que Giuliano Dati publicó de la carta que Cristobal Colón le escribió a Luis de Santangel en aquel año. Un texto fundamental en la configuración del imaginario europeo de la época sobre el Nuevo Mundo. Pero más allá de los nombres, esta prodigiosa técnica -perfeccionada por Durero- aparece de nuevo para llevarnos de la mano a imaginar el cruce de caminos que aquel desembarco comenzó.

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“Una xilografía (italiana) de 1493”. Imagen tomada de http://www.ub.edu/geocrit/xiv-coloquio/MaisaNavarro.pdf

Primero los taínos y después, paulatinamente, muchos otros pueblos vieron llegar a los venidos de allende la mar.

Desde 1511, con la fundación de Santa María la Antigua del Darién, los hispanos se habían acercado al territorio embera pero fue sólo hasta comienzos del S. XVII cuando iniciaron la exploración por el río Atrato. Desde entonces entre acercamientos, batallas, desplazamientos y resistencia los embera han luchado por garantizar su supervivencia y mantener su identidad. Por esto y teniendo en cuenta que para los billetes colombianos siempre han escogido personas ya fallecidas como imagen, resulta curiosa la aparición de esa mujer allí. ¿Será la determinación de enaltecer a los pueblos indígenas como sinónimo de un pasado glorioso que sostiene la grandeza de nuestra sociedad? La aparición de Nezahualcoyotl, Rumiñahui, Lempira o Tupac Amaru en los billetes de México, Ecuador, Honduras y Perú respectivamente podrían ayudar a responder esta y otras preguntas más.

Siguiendo este sendero, teniendo frente a mí la imagen apacible de una mujer que representa un pueblo que, a su vez, representa a muchos pueblos indígenas; la oportunidad que se me abre es la de fortalecer no sólo espacial si no temporalmente la red que me contiene y me define, de modo tal que sus tan diversos hilos se fortalezcan y revitalicen para emprender una nueva aventura que me hable de aquello que me acerca a los embera de ayer y de hoy: el hambre y la comida, el cariño y las redes familiares, las amenazas y el deseo de proteger a los hermanos.

Esta ataviada mujer embera me invita a aprender sobre los jaibanas (mucho más que ‘médicos tradicionales’), sobre el río Atrato y el San Juan, sobre la capacidad humana de transformarse según las circunstancias. ¡Cómo no! Sobre la llegada a estas tierras de negros sabedores de su libertad. En fin, geografía, historia, medicina, pintura, tejidos o lo que a cada quien más interese.

Todos son caminos posibles que parten de este billete. Un boleto a la aventura, muchos caminos para conocer.

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“Y que aún ignorando sus alcances le estampó su rúbrica”. Imagen tomada de http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com.co/2009/07/simon-wiesenthal-operacion-nuevo-mundo_7416.html

Post Scriptum: Este texto es sólo un abrebocas que no abarca la totalidad de elementos contenidos en el billete.

Tríptico

I

Caminar es aventurar nuevos pasos al compás del viento que me abraza, mientras los árboles resisten agradecidos el soplido que acaricia sus hojas y lanza al vuelo sus semillas. Desde lo alto los pájaros cantan y, aceptando su invitación,  reduzco la velocidad.

Pasadas cuatro o cinco horas bajaré pero por ahora me introduzco en los aromas y los tonos que cautivan. El pasto que se aleja, la tierra que es diversa y los verdes multiplicándose se entrelazan con amarillos, rojos y cafés. Morral ceñido, piernas firmes y a subir.

El ritmo lo condicionan las cientos de especies que cohabitan el lugar porque contemplarlas es como mirar un cielo estrellado: me detengo y, uno tras otro, cada vez más descubrimientos brillan a mi alrededor. Florecimiento, hidratación y avanzar.

Las montañas se suceden, se juntan y saludan; extienden gentiles su saber. Yo las recorro con ilusión pues con cada retorno conversamos más. Deambulando por sus laderas me entrevero con sus matorrales hasta que me detengo un instante por placer. Otear el paisaje, sudor y una naranja saborear.

Avanzar a través de las trochas resulta encantador y extrañamente la majestuosa naturaleza comparte el protagonismo con la introspección. A la par del alimento para la vida, mordiscos para el cuerpo y la tranquilidad de las lagunas que ya muy cerca están.

Aunque a veces lluviosa, hoy la última laguna invita a almorzar. Bordearla, agradeciéndole el goce, es la antesala del almuerzo que aguarda en el morral. Una foto, mecato y apreciar.

De regreso, en busca del mirador que siempre aguarda, sigo caminando por el sendero angosto hasta que la empinada cuesta me hace resoplar, pero como quiero seguir hasta alcanzar la cima: un sorbo, “¡ánimo!” y la inmensidad.

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“…y la tranquilidad de las lagunas que ya muy cerca están.” Foto: Carlos Rodríguez del Toro

II

Caminar también es callejear inmerso en el vertiginoso ritmo de la ciudad. Las historias, en forma de rostros y ventanas, pululan como libros por leer. Recuerdos, esperanzas y el afán.

Cruzo la acera mientras veo caras de oficina con aires de rutina. Sólo unos minutos para que sean las ocho, el comercio amanece, las clases saludan y la premura por llegar. No es tristeza, es el gris de la ciudad. Manos en los bolsillos, planes en la mente y no poderse detener.

Cercano al mediodía el centro es un bullicio multicolor. Todas las edades se trenzan sumándose a la algarabía, por cada puerta que paso emanan los aromas de los platos humeantes. Charlas, distensiones y escoger.

Entre museos y ventas callejeras sorteo el andar de más caminantes. Voy obviando los motores, disfrutando de los techos y sus formas, de las paredes y sus matices; miro hacia los lados mientras sigo mi destino. Buses, edificios e instrucciones que Cortázar ya escribió.

Semblantes disímiles vislumbro en la nueva multitud. Al trasegar por el barrio veo estudiantes que entrelazan sus manos y sus sueños, empleos no deseados que mañana volverán y coches de bebés que, a su tiempo, también caminarán. Automóviles, bicicletas y lugares por los que no anduve.

Atrás van quedando los andenes imperfectos, los rostros cotidianos de nombres que no sé y el protagonismo del andar transformándose en cenar. Un alto en el camino, las anécdotas cual ingredientes y ¿por qué no cocinar?

 

III

Cocinar es reconocer el espacio mientras imagino lo que puede resultar. Por ejemplo: alguna pasta deliciosa, maridada con buen vino y canciones para disfrutar.

La fortuna del agua potable lavando tomates, ¡muchos tomates!, ajos, cebollas y pimentones antecede a la tabla y el cuchillo. Un sorbo, canto y a picar.

Gracias a los centímetros de altura que le hacen falta al mesón de la cocina, de vez en cuando me detengo para estirar la espalda y observar, más allá del ventanal, los cerros orientales de Bogotá. Un beso, una sonrisa, baile y proseguir.

Calentar un trasto para el guiso e ir esperando al compás de una entrada cual manjar: aceitunas, quesos y los postreros rayos del sol que ya se quieren despedir. Más volumen, brindis y al sartén.

Así se me antoja la vida, como un baile que involucra el cuerpo entero, como un plato que deleita todos mis sentidos; como aprendizajes e ingredientes que dialogan siempre cual placer profundo. Y como cada día trae un sabor particular, este jueves me supo a pasta al dente, a Cortázar y a Vieja Trova Santiaguera. Un brindis por La Autopista del Sur. Parmesano, El Final no Llegará y a probar.

Un momento eterno para saborear risas, preocupaciones y curiosidad; para compartir historias salpimentadas y versiones noticiosas: medio ambiente, deportes, política y mejor cambiar de tema. Opiniones sobre el plato, el último bocado y “¿quién quiere repetir?”

Luna llena, corazón contento. Un chocolate de sobremesa, la silla unos cuantos centímetros hacia atrás, las piernas hacia adelante y los relatos que serpentean buscando reposar.

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“…y observar, más allá del ventanal, los cerros orientales de Bogotá.” Foto: Carlos Rodríguez del Toro

 

¡Hagámoslo!

Solidaridad, esperanza y perseverancia son algunas de las virtudes cuyas manifestaciones abundan en las historias colombianas. Porque por encima de innumerables adversidades muchas personas hemos labrado, forjado, dibujado, tejido, esculpido e ideado caminos que se ensanchan con manos que se apoyan y sonrisas que se hablan. Desde pequeños gestos hasta enormes transformaciones han dado respuesta a devastadores dolores. Hoy la firma de un acuerdo entre el Gobierno Nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia me ha puesto, otra vez,  a pensar en el panorama colombiano y en los sueños por cumplir.

Yo me imagino un salón de clase cualquiera, colmado de las alegrías y temores de niñas y niños que revolotean sin parar, ¿cómo contarles lo que está sucediendo? Tremenda responsabilidad ética la de construir con ellos una idea de lo que eso significa, gigantesco reto dialogar acerca del respeto, la convivencia y el disentimiento, de los errores, los aprendizajes y las nuevas oportunidades. Después de esto, ¿se imaginan la belleza de un niño que habla de sus molestias en vez de manifestarlas a los gritos o a los golpes?

O en una cena familiar, en la que una curiosa niña llegada del salón antes mencionado cuenta lo que construyó en clase con sus pares y usted entra en este cuento, ya iniciado, ¿qué rol le gustaría interpretar? ¿Quisiera ser Juan Negación, Luz Alegría, señor Odio, doña Rabia, señora Esperanza  o alguien más? Cualquiera sea su elección,  ¿cuáles son las implicaciones para usted y para esa niña? ¡Están ahí, juntos, con la arcilla de la vida en sus manos para moldearla según lo acuerden!

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Si la luz esperanza, siempre habrá alguna encendida. Foto: Carlos Rodríguez del Toro. 2014

Pienso también en que gracias a que soy hijo de la ciudad, o a pesar de ello, disfruto mucho del campo y la comida que de allá proviene, del agua que nos ofrece y los paisajes con que enamora. Sé que muchos pueblos indígenas, negros y comunidades campesinas han vivido en comunión con la tierra que les da lo necesario para vivir, como a los citadinos aunque a veces lo olvidemos. Han luchado por sus sueños y desde allá cultivan chagras que fructifican como testimonio de la tenacidad y de la paz interior que juntándose con otras hace comunidad.

Sé que aquí, allá y por los senderos del desplazamiento y la indiferencia existen miles de mujeres que con magistral fortaleza han sabido levantar a los suyos de entre los escombros de guerras que también han peleado, han hecho de tripas corazón para sostener las redes de un tejido social roído y lo han logrado. Recuerdo a mis abuelas, que como muchas mujeres, libraron sus propias batallas por amor a los suyos y les ofrezco mis lágrimas que son lágrimas de admiración y orgullo.

Niñas, y niños, hombres y mujeres, todos juntos construimos nuestra sociedad. Tal como ha ocurrido hasta ahora, lo que seamos será una construcción conjunta, una responsabilidad que nos atañe a todos. Serán nuestras acciones las que nos permitan construir mejores mundos sociales (W. B. Pearce). ¡Hagámoslo!

Esta es mi invitación para que construyamos juntos más redes, más solidaridad y más amor, es decir, quiérase y respétese usted para querer y respetar a los demás (H. Maturana).

Abrazo Fraternal

Para J.

Muchas veces he querido ayudarte, muchas veces he intentado hacerlo y en innumerables ocasiones he imaginado cómo hacerlo mejor. A menudo trato de preguntarte si quieres o requieres mi ayuda y resulto inmerso en mis divagaciones buscando la forma indicada; esa que me permita conectarme contigo para siempre. Al fin y al cabo creo que tu destino es el mío. Por supuesto que me es inevitable no concluir que mis ofrecimientos son, en realidad, pedidos de auxilio para que tú me ayudes a mí. Para que tus paisajes, tus horizontes, tus secretos más profundos y tus cielos más poderosos me enseñen a quererte más, sin importar que tus días sean calmos o tormentosos, apacibles o turbulentos porque más allá de cuánto me duelan tus razones o sinrazones admiro la manera en que avanzas, con las sinuosidades propias del Amazonas o del Orinoco, con la obstinación del Cauca y del Magdalena en busca de tu propio paraíso caribeño. A veces tus montañas de pensamientos y sentimientos son coordilleras infranqueables para mí, no obstante es indudable que tus cimas deparan vistas maravillosas cimentadas en el esfuerzo por alcanzarlas haciendo camino propio.

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“…tus cimas deparan vistas maravillosas…” Laguna de Tota, Boyacá, Colombia. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

Levanto la frente y te veo cual llanura inmensa extendiéndose hasta la belleza de su propio horizonte que son los sueños alcanzados. Te contemplo cual amazónica selva inexpugnable o frondoso bosque chocoano que encanta con la magia que destilan sus colores e incertidumbres. Cierro los ojos y recuerdo que en ocasiones te he agredido con mis acciones y con mis palabras, te he visto sufrir hasta resquebrajar mi corazón mientras anhelo que nunca nada te vaya a lastimar de nuevo. En ocasiones fantaseo con acciones y palabras perfectas que estrechen nuestros lazos hasta lo más profundo de nuestra tierra y me consuelo sabiendo que he actuado y hablado inmerso en la hermosa e inherente imperfección humana; en ello he depositado toda la fuerza mental y corporal que poseo para que nada ni nadie desanude nuestro vínculo.

No soy tus calles recorridas ni tus caminos construidos entre carcajadas, lágrimas, olvidos y recuerdos que desgarran, fortalecen o alegran las entrañas pero deambulo entre los vientos de solidaridad y egoísmo que se mezclan en tu ser. Deseo que estas corrientes sepan bailar otorgándole más espacio a las comunidades fraternales que a los individuos recelosos. ¿Te imaginas una silla imbuida en la hermosura de las manos que la trabajaron, en la virtud de estar siempre disponible para quienes más la necesiten? ¿Hermosa como el gesto de compartirla con alguien más o como el abrazo que un día cualquiera nos recuerda nuestra hermandad? Ojalá los días sentados en principios semejantes sean muchísimos, tantos como para contagiarnos de más solidaridad e irradiarla cada vez más lejos, más respetuosa y más cariñosamente.

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“¿Te imaginas una silla imbuída en la hermosura de las manos que la trabajaron?” Lima, Perú. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

Se me ocurre entonces que la dirección de la ayuda es irrelevante porque no es unidireccional ni se agota en el acto mismo, por el contrario, su disfrute máximo está en convivir con múltiples ayudas que revolotean simultáneamente en infinidad de direcciones mientras hacen parte de la construcción de otro tipo de mundo, en el cual puedan prevalecer manos y mentes dispuestas a compartir sus sentimientos, su comida o sus conocimientos. Este podría ser uno de muchos caminos para que, sintiendo los sentimientos de otras personas y respirando sus ilusiones y preocupaciones, tú y yo estrechemos nuestros lazos y dejemos –cuando nos vayamos- una silla y un mundo para que otros puedan compartir.

Viejos sentires

 

A Julia Teresa que ya se fue y a Margot que se quiere ir

Yo cargo el recuerdo de mi abuela materna abanicándose en el patio interior de su casa en Valledupar, con su media docena de retoños y sollozo callado imaginando a su esposo, el gran señor, derritiéndose porque su accidentada hija de tres años -mi madre- le habló de nuevo tras seis meses de lenta recuperación. Cargo también la imagen de un niño que camina a las cuatro de la mañana junto a su madre -mi abuela- para acompañarla al paradero del bus en Tunjuelito, al sur de Bogotá, un niño que la espera con ilusión y al que ella le pagó con amor profundo hasta el último de sus suspiros. Y me aferro a ambos cuadros porque además de ser mis raíces, me han enseñado sobre el cariño y la solidaridad; sobre la ternura y el amor que la vida me ha regalado. De eso, de sentimientos y de arrugas se compone el viaje de hoy.

Impávida, la vejez nos espera sentada sabiendo que corremos por la vida tratando de llegar a una cita que no todos cumpliremos, para entonces caminar sin prisa, cuando nuestro reloj parece dar las últimas campanadas. Porque al arribar allí el historial -de aventuras, desventuras, alegrías, tristezas, amores, desamores, partidas y llegadas- es inmenso y hace trasegar de la avidez por devorar el mundo al anhelo de contarlo cariñosamente en forma de remembranzas que logran trasladarnos a tiempos y sabores que se fueron mientras lágrimas silenciosas recorren mejillas arrugadas y tersas por igual.

En nuestro afán de organización social, cada vez más vertiginosa, especializada y cuadriculada, muchas personas viejas son paulatinamente segregadas y arrinconadas hasta un abismo llamado ancianato u olvido, donde caen en el aburrimiento de más personas queriendo contar historias propias, debilitándose hasta la depresión. Más nos aportaría como sociedad escuchar a esas personas y propiciar conjuntamente espacios de confluencia que nos permitan a todos los grupos etarios seguir interactuando, simplemente porque desde que nacemos necesitamos y queremos hacerlo. Desde luego, no podemos olvidar que el contexto puede incentivar o desestimular la participación social ni debemos olvidar que dicha participación está supeditada a características particulares de cada momento vital.

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En su ocaso, también brilla la vida. Lima, Perú. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro.

Si durante la niñez, el placer de jugar o el de oír historias fantásticas, transportándose con la imaginación y el relato a lugares colmados de aventuras, personajes sorprendentes y agraciadas ocurrencias son alegres fuentes de aprendizajes, durante la vejez, el placer puede ir ligado al protagonismo en dichas historias, al brillo de los ojos de quien escucha, a la sensación de trasegar por la vida a ritmos semejantes, sin afán y con el disfrute pleno de los detalles que acompañan cada momento. Si para ambas partes saberse partícipes es importante y feliz, entonces, juntar aquel público jubiloso con estos seres curtidos por las décadas de vida los conducirá a ellos a construir emociones, recuerdos, saberes y oportunidades de manera conjunta. Y a todos los demás nos llevará a admirarlos, a antojarnos y a querer aprender de tan solidarias relaciones.

Y para poder interactuar constructivamente resulta imperativo escuchar, apoyar y fortalecer las opiniones, deseos e ideas de viejas y viejos (así como de niñas y niños), en vez de querer decidir desde afuera qué es lo que quieren y cómo lo quieren, como si alguien pudiera saber más o mejor de uno que uno mismo. Es decir que, como sociedad debemos seguir fortaleciendo las herramientas sociales y jurídicas que garanticen cada vez mejores condiciones de vida durante la vejez, entendida como una población minoritaria en términos políticos, cuya circunstancia no debe ser óbice para continuar respetando e insentivando la autodeterminación de estos y de todos los seres humanos.

Por eso creo que el tema es más amplio, su trasfondo es la manera en que concebimos la vida y la sociedad y la forma en que queremos que se articulen nuestras vidas, sueños e ilusiones con las de los demás. En concordancia con esto es preferible pensar, decir y actuar con la intención de poner en relación nuestros quereres con los de los demás en lugar de presenciar monólogos propios y ajenos que obvien la vitalidad de dichas relaciones en la construcción social, en la cotidianidad, en nuestros deleites.

Los dejo con sus pensamientos, con sus ‘vejeces’ y ‘niñeces’ mientras me voy caminando de la mano del niño madrugador y de la niña -tantos años silenciosa, porque son parte de las historias que quisiera contar en unos años a pequeños que me escuchen, me pregunten y se asombren antes de invitarme, exaltados, a correr por el jardín para aprender y reaprender de la vida, del amor y de la solidaridad.

Dichos para no repetir

 

Como hijo de nuestro tiempo, de nuestro entorno; de las costumbres sociales que han acompañado nuestras vidas crecí oyendo frases que escondían, bajo el manto de la naturalización aprendida, un origen violento. Por ejemplo, para describir a una persona orgullosa decir “primero muerto que arrodillado” pone nuestra imaginaria discusión banal en términos de subordinación y supervivencia. ¿Realmente es preferible que me maten en vez de pedir perdón o aceptar unas disculpas? Creo que hoy nadie toma esa expresión en sentido literal y pasa desapercibida su violencia, por eso mismo uno podría pensarlo dos veces la próxima vez y evitarla. Esta pequeña omisión y su análisis previo, por supuesto, ya es una forma distinta, menos violenta, de enfrentar la situación que sea.

“Matar dos pájaros de un solo tiro” o uno es algo que suena escalofriante. Si la idea es celebrar el pragmatismo resulta innecesario asociarlo con el asesinato. De nuevo, pronunciarlo o no es el resultado de un proceso de discernimiento que nos puede arrojar luces sobre las virtudes de evitar la violencia al hablar. Además, con este y otros dichos con protagonistas semejantes también resulta necesaria una reflexión sobre nuestra relación con los animales, los otros quiero decir.

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¿Le gustaría matar alguno de estos bellísimos animales? Quimbaya, Colombia. 2013. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

Algunos periodistas deportivos en sus crónicas o narraciones explican eufóricos como un equipo “perdió una batalla pero no la guerra” o exclaman con júbilo que lo ocurrido en la cancha ha sido una “batalla épica”. Son los mismos que se lamentan compungidos cada vez que registran una muerte violenta relacionada con algún deporte. Desde luego eso no los constituye en autores materiales pero debería llevarlos a ellos como a cada ser humano a repensar cómo nos estamos comunicando, cómo expresamos nuestras emociones.

La violencia de género bien merecería todo un tratado para sí sola, pero vale la pena, al menos, recordar que esta también se da verbalmente. “No sea nena” es algo que siempre he oído dirigido a hombres. Es una asociación, devenida en supuestos sinónimos indeseables: debilidad y mujeres. También existen frases más sutiles pero igualmente transgresoras como los piropos. Esas frases al viento que un hombre exclama babeante a la mujer que pasa. Cuando no existe algún tipo de relación previa el aparente elogio sólo esconde la intención masculina de subordinar a la mujer, supeditándola a factores estéticos  y al reconocimiento de esos factores por parte del hombre que los juzga. No importa si la expresión es burda, poética o vulgar el resultado es el mismo.

Es probable que en este momento usted piense que exagero con algunos o con todos los ejemplos, por eso traeré dos palabras a colación: diestro y siniestro. Alguien diestro en un arte es un maestro y un hecho siniestro es algo terrorífico, doloroso. Seguramente ya sabe en cual dirección voy. Alguna vez, a alguien se le ocurrió que la derecha es la mano correcta para escribir, para persignarse y para mandar, la izquierda no. Otras personas le creyeron, ¿cómo no? si ese es “el derecho de las cosas”. Sí, según el Diccionario de la Lengua Española, hoy diestro además de derecha, significa “Hábil, experto en un arte u oficio”[1] y siniestro, además de izquierda, “avieso y malintencionado”[2] e “infeliz, funesto y aciago”[3].

Todo esto para decir que el lenguaje contribuye a construir realidades, entonces un dicho, un refrán o una frase célebre pueden mantener una cultura violenta en una sociedad y una sociedad violenta mantendrá, entre otras cosas, esas frases, esas expresiones y muchas acciones violentas.

[1] Diccionario de la lengua española. Vigésimo tercera edición. 2014. Real Academia Española. Página 796.

[2] Diccionario de la lengua española. Vigésimo tercera edición. 2014. Real Academia Española. Página 2018

[3] Íbidem.

Emparamados

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Entre frailejones. Páramo Suse, Aquitania, Colombia. 2016. Foto: Carlos Rodríguez del Toro.

En mi infancia tuve la fortuna de haber regresado a casa tan mojado como feliz por la aventura y de escuchar a mi madre decir, toalla en mano, “¡estás emparamado!”. Con el agua escurriendo por mi rostro y las palabras atropellándose para salir primero el significado era claro: cuando se revuelven historias, agua y emociones más que mojado uno está emparamado. Hoy me siento así, por eso ¡los invito a emparamarse conmigo!

El páramo es un ecosistema bellísimo, majestuoso, imponente. Por eso cada vez regreso con más ilusión, respeto y cariño; ver aparecer el primer frailejón saludando en el camino es maravilloso, una ericácea avisa que los 3.000 metros sobre el nivel del mar han llegado, son su hábitat y nosotros sus invitados.

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El rocío sobre una ericácea con la bruma cual telón. Parque Nacional Natural Chingaza, Colombia. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro.

Estar allí es percibir la pureza del aire neblinoso, es deleitarse con la tranquilidad que nos ofrece, es oír sus silbidos que nos cantan; un coro melodioso y verde colmado de divertidas improvisaciones interpretadas por las montañas sobrecogedoras, por los frailejones que las gobiernan, por las lagunas que enternecen y la lluvia que canta sobre ellas y sobre uno mismo, un coro entonado por el veloz aleteo de los colibríes; en fin, por el soplido recio e incesante del páramo todo que nos cuenta sus secretos.

Tal vez debí comenzar diciendo que para apreciarlos es preciso ir o vivir en alguno de los pocos países donde existen. De ese puñado hace parte Colombia, donde están ubicados los pocos que yo conozco. Anhelo conocer muchos más, son tan bellos y proponen tantas alegrías y aprendizajes que fácilmente colman el cuerpo con bríos renovados para disfrutar la vida nuestra y respetar la de otros seres. ¡Este punto es vital!, literalmente. Hallar una de las muchísimas fórmulas existentes para que nuestro disfrute no sólo dialogue con el de otros seres sino que también confluya en el mismo cauce de la supervivencia colectiva es liberador. Poder cerrar los ojos para terminar de imbuirse en el páramo, haciéndose uno con él es un momento sublime que vale la pena vivir… ¡una y otra  y otra vez!

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La belleza de una de las tres Lagunas de Siecha. Parque Natural Nacional Chingaza, Colombia. 2015.. Foto: Carlos Rodríguez del Toro.

Las lagunas que embelesan parecen dormitar mientras hacen parte del ciclo del agua y sus cantos casi detienen el tiempo para poder contemplarlas sin afán. A veces, las cobija una niebla densa o las visita un viento poderoso y frío pero es que una aventura sin sobresaltos en otra cosa se convertiría. Aún hoy haber disfrutado el viento y la lluvia son parte importante de mis relatos cuando regreso a casa para saborear una bebida caliente -o un vino que caliente- mientras los ojos conservan el recuerdo del camino, del paisaje, de sus habitantes. ¡Mi cuerpo quiere regresar! ¡Volvamos! Acuérdense de los venados, tal vez ahora veamos huellas de algún oso de anteojos y en medio del frío y la alegría nuestros dulces favoritos podamos compartir: un chocolate o leche condensada para nuestra infantil alegría y para nuestra protección son absolutamente necesarios y sabrosos.

Bueno, ha sido un día maravilloso. Gracias por la visita, es hora de descansar, cerrar los ojos e irse durmiendo con el recuerdo vivo de mi cuerpo emparamado, feliz.

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Flor de frailejón besada por el sol. Parque Natural Nacional Chingaza, Colombia. 2014. Foto: Carlos Rodríguez del Toro.

Quizás mañana hablemos de cierta obsesión de algunas personas por poseerlo todo y de su torpeza traducida en páramos destruidos. Por ahora queda la felicidad de haber caminado juntos. Desde luego, la invitación siempre estará vigente para regresar y escuchar al páramo cantar y contar sus historias milenarias, sus aventuras increíbles; para disfrutar del agua besando nuestros rostros, acariciando nuestras manos, cubriéndolo todo con su rocío de vida.

 

 

Que las inundaciones no ahoguen la esperanza ni el entendimiento

Para blog, agua

Curso del agua que irriga las montañas de La Calera, Colombia. 2015. Carlos Rodríguez del Toro

¿Preparados para la temporada de lluvias? Lo pregunto viendo desde mi ventana en Bogotá, a varios kilómetros, el cerro que arde por causa de un verano particularmente álgido. Así es, el centro histórico de la ciudad, donde se concentran el poder político del país, buena parte del poder financiero y varias renombradas universidades privadas, fue cubierto por una espesa nube de humo. Y este es tan solo un doloroso y mediático suceso inmerso en el cúmulo de hechos que por estos días resecan ríos y matan animales y plantas de sed en cientos de veredas colombianas.

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Los Cerros Orientales humeantes y la fumarola que afectó a buena parte de la población capitalina. Bogotá, Colombia. 2016. Carlos Rodríguez del Toro

El manejo dado a los ecosistemas, las prioridades que establecemos ligadas a sus respectivas consecuencias; extracción minera, conservación de fuentes de agua, cultivo artesanal o industrial de alimentos, ganadería, construcción de viviendas o centros comerciales; todo absolutamente todo tiene consecuencias en el medio ambiente. Por consecuencias me refiero al sentido amplio del término y, por lo tanto, al hecho de que cada acción implica reacciones, no necesariamente buenas o malas tan solo consecuencias, a su vez, causas de futuras consecuencias. Es una obviedad de la vida que por su misma condición terminamos interiorizando sin reparar en los detalles.

Cada decisión que tomamos, así como cada suceso natural, deviene en algo ocurrido en un continuo inseparable sin cuya causa no sucedería. Es decir que causa y consecuencia no son lo mismo pero su interdependencia los supedita a coexistir irremediablemente. Ahora bien, si recordamos que cada consecuencia, ya sea de origen social o natural, incide en innumerables procesos y que cada uno de ellos también incide en otros tantos, estamos poniendo sobre la mesa un pilar del funcionamiento de nuestro planeta –y del universo: la interconexión, directa o indirecta, de todas y cada una de las acciones y sucesos entre sí.

Preguntaba, tratando de salir a flote, sobre nuestra preparación frente a la temporada de lluvias. ¡Que llegue ya! Clamarán algunos. Se imaginan el agua corriendo poderosa -pueden valerse del recuerdo de inundaciones y tragedias reiteradas-, haciendo camino presuroso rumbo a su destino y en su trasegar ¡pum! ¡plash! ¡trac! como en vieja historieta los ruidos retumban, son árboles, viviendas, personas y animales rotos o rotas sus ilusiones. ¿Cómo puede ser posible? Un suspiro sollozante, la mirada al cielo y de nuevo ¿yo qué hice para merecerme esto? ¡Puf! Quién les dice que ellos y nosotros estamos amparados por leyes naturales que sumadas a lo que hemos hecho durante días, meses, generaciones enteras explica el horror del lodo revolcado que tanto se llevó.

Volvamos al cómodo sofá y a la nítida pantalla ¿me está diciendo usted que la culpa es mía? Yo soy una persona honesta, trabajadora… Ahora yo, ¡se lo ruego, no se vaya! Si termina de leer tal vez hallemos juntos alternativas para seguir viviendo a nuestro modo pero jugando a cuestionar cosas y a aprender respuestas y a arriesgar caminos; caminos en los que quepamos junto con agua a raudales o con calor tremendo, con animales, plantas, anhelos, seres humanos que piensan distinto ¡Qué maravilla que pensemos diferente! En últimas, caminos forjados por seres distintos hacia horizontes conjuntos.

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Un camino amplio y apacible. La Vega, Colombia. 2015. Carlos Rodríguez del Toro

Mi anhelo es que sus sueños y los míos bajen del mundo onírico convertidos en posibilidades reales de ejecución y que esas realidades contemplen las consecuencias de lo que hacemos y que sepamos que el poder de nuestras mentes y nuestras manos unidas –mas no homogeneizadas- son la fuente para que el agua bese rostros en vez de abofetearlos, para que el sol caliente la esperanza en lugar de incendiarla; para que juntos nos provean alimento y para que nos enseñen a compartirlo con el mundo.

Si nos preparamos para las lluvias, también sabremos entablar conversaciones con las sequías y podremos disfrutar la posterior crecida de un río sin temerle a sus sinuosidades. A mí se me ocurre, entre otras cosas,  persuadir a campesinos y terratenientes para que no ocupen las tierras que nos muestran los ríos cuando se recogen, que mejor sería reforestar aquellas rondas que los protegen, y ¿a usted?

Manos que alimentan

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Puesto de quesadillas largas. Morelia, México. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

¿Se han preguntado alguna vez por el origen de la comida que ingieren? ¿Les gusta el pescado? ¿Su preferido es de mar o de río? ¿Frutas o verduras? ¿Las dos o ninguna? ¿Han tenido la fortuna de ver un cultivo, un árbol, una mata de la fruta preferida de su infancia? Yo recuerdo haber puesto una arveja sobre un algodón humedecido constantemente por el agua contenida en el recipiente que lo sostenía. La emoción de ver los cambios diarios me aseguró guardar eso del pequeño lado de los recuerdos y que no se desvaneciera en la inmensidad infinita de los olvidos. Tal vez ustedes hicieron algo semejante con un fríjol. Haya sido uno u otro grano, lo invariable era experimentar esto en la clase de Ciencias (esto es ciencias naturales no ciencia sociales o humanas) y aprender allí, bajo el halo maravilloso de la contemplación y la comprobación, sobre las funciones de cada parte de la planta que crecía. Por el contrario, no recuerdo haber hablado en aquel tiempo sobre esas plantas en torno a la alimentación cotidiana. También me acuerdo del concepto de dieta balanceada, un término elegante siempre basado en algún estudio irrefutable -hasta pasado mañana- sobre la manera correcta de alimentarnos; pero no recuerdo de esa época un ejercicio analítico ni vivencial con los campesinos que cultivan esos alimentos.

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Campesinos cosechando. Aquitania, Colombia. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

A un citadino como yo, el ejercicio le resulta no solo cautivador sino revelador en cuanto a los procesos necesarios para obtener los alimentos y en cuanto a sus protagonistas. He aquí el asunto: lo que comemos no proviene del supermercado, su origen es más profundo y variado. Y sus implicaciones también. Por eso, forjar comunidades que tengan qué comer (seguridad alimentaria), que puedan producir sus propios alimentos (autonomía alimentaria) y que, finalmente, logren decidir cuáles alimentos cultivan y consumen (soberanía alimentaria) es un camino colectivo que, al contribuir a nuestra supervivencia, puede permitir un mejor entendimiento de los procesos económicos, sociales y políticos que entretejemos al comer. En aras de lograr ese objetivo se pueden hacer cosas para todos los gustos, ¡así es la comida! Leer el empaque del producto, su información nutricional y su lugar de origen, ¿lo conocen? Si no es así ¿cómo se lo imaginan? En cualquier caso, ¿cómo serán las manos de quien cultivó, cosechó o produjo lo que ahora reposa en nuestras manos? ¿Cómo olerían antes los alimentos que ahora humean frente a mí?

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El trabajo conjunto de muchas manos logró este delicioso plato de comida. 2015. Foto: Carlos Rodríguez del Toro

Cierro los ojos y los estimulantes olores me llevan a otros tiempos, amigos, recuerdos, a abuelas que se fueron, a bellísimas montañas y sabanas cubiertas con pequeños terruños cultivados (parcelas, conucos, chagras o como quieran llamarlos) de familias soberanas y solidarias. En fin, campos maravillosos, ¿a qué huelen sus platos?

Abro los ojos y temo que algunas cosas no sean así. Las remembranzas son tesoros, sin lugar a dudas, pero la realidad de la producción industrial que homogeniza grandes extensiones de terreno y estructuras económicas y sociales está destruyendo ecosistemas y sociedades por igual. Los monocultivos lastiman los ecosistemas de manera semejante a como sucedería con nuestro cuerpo si comiéramos un mismo alimento siempre. Habría que comenzar por sembrar no sólo más fríjoles o más árboles sino, también, por sembrar más solidaridad, esa que sólo crece al interior de cada persona y cuyo fruto será un par de manos más, capaces de cosechar, compartir y dar cariño.